"Lift me like an olive branch and be my homeward dove... Let me see your beauty when the witnesses are gone...Show me slowly what I only know the limits of... Dance me very tenderly and dance me very long, we're both of us beneath our love, we're both of us above...Dance me to the end of love."("Dance me to the end of love". Leonard Cohen.1984)
Rutilante, lozana e impetuosa irrumpió en la noche, sin premeditación y con mucha alevosía, bajo el mejor foco que se pueda encontrar en escena: una inmensa luna llena alborotadora, desnuda y transparente, la más sensual y cercana de todas...La aparición de esta Primavera no podía ser de otra forma, de la mano de la luna más LUNA, la más lunera, la más cascabelera.
Curioso tándem. ¿Se dará por casualidad o por causalidad? Uhm. Sea como sea, esta coincidencia trae algo muy pero que muy bueno, lo intuyo, no sé qué es, pero la sensación flota en el aire y la verdad, es maravillosa y hace sentir bien, como una foto de Doisneau.
Bien... Sólo falta la banda sonora... En esta ocasión se me antoja una que revolotea constantemente en mi cabeza, "Dance me to the end of love", no la original de Leonard Cohen sino la versión de Madeleine Peyroux, maravillosa y envolvente, basta escucharla para sentir unas manos rodeando la cintura, el roce de una mejilla y el vaivén acompasado de los cuerpos al ritmo de la melodía.
A la hora del café matutino la mayor sorpresa que te puedes llevar son unos bombones. Y si son belgas, mejor. Eso mismo ocurrió esta mañana al entrar en la sala de profesores en el momento "Camera Café" del día, entre chascarrillos y risas apenas me percaté de un paquetito blanco que había en la mesa. Ahí estaba, tan tímido y solitario, deseoso de que alguien le "metiera mano". Ay. ¿Y quien se puede resistir a un bomboncito? Si pecar fuese probarlo, confieso que he pecado sin nocturnidad y alevosía... Ahí estaba esa sensación: morder un poco y jugar con el chocolate en la boca, dejar que se funda en el paladar, sentir cómo se va derritiendo en la lengua y cerrar los ojos mientras se degusta y suspirar un breve "mmmmmmmmm"... Orgásmica sensación. Y quedarte más feliz que una perdiz.
La gran variedad de chocolates que existe se puede comparar con la variopinta tipología de personas que pueda existir, pudiéndonos encontrar con:
100% puro cacao. Amargos y llenos de sabor.
Chocolate con leche. Dulces y empalagosos, del que te pegas un atracón y acabas aborreciendo durante un tiempo.
Rellenos de licor. Chispeantes y misteriosos si guardan una cereza dentro.
Espesos. Los que sólo son digeribles si lo pruebas poco a poco y descubres que es una explosión de sabores.
Los que se disuelven en leche. Prometen ser tan buenos como el chocolate espeso, pero se quedan en nada (de los "Nesquik" ni hablamos).
Chocolates con almendras y avellanas. Muy agradables al morder estos frutos, una mezcla muy atractiva aunque un poco conservadora.
O atrevidos como el chocolate con menta (la mezcla dulce/amargo/fresco es impactante y seductora, fascina).
De todos ellos, me quedo con el chocolateconnaranja, una sensación indescriptible de placer chocolatero.Si fuese chocolate, sería una "bomba" de las que venden en la pastelería de la Plaza Mayor, me encantaría ser una semiesfera de esponjoso bizcocho de chocolate relleno de ídem líquido y recubierta por otro brillante... Con un toque a naranja y canela.
Tengo familia en Japón y estos días no han sido nada fáciles, dejados de la mano de Dios en todos los aspectos y literalmente por la naturaleza y por el Gobierno español.
El matrimonio se encontraba de viaje mientras sus hijos estaban en el instituto en Tokio y se enteraron del terremoto justo en el avión que les llevaba de vuelta. Tras una horrorosa hora y media aterrizaron en la ciudad, dejaron sus datos, números de emergencia para dar constancia en el Consulado español que habían vuelto y se pusieran en contacto con ellos, como cualquier ciudadano haría en una situación tan extrema como ésa.
En medio del caos, cogen un tren que a duras penas funcionaba para encontrarse con sus hijos, los cuales envían un mensaje angustioso: el primer reactor nuclear había explotado. Con pánico, miedo y nervios, el tren por fin los reúne, los cuatro están juntos. Juntos para volver al apartamento destrozado, coger dinero, ordenadores y cargadores de móvil, lo básico para mantenerse en contacto y huir. El éxodo comienza, ¿a dónde? No sabemos. Sólo hay que salir de allí como sea.
A día de hoy están a salvo en Bangkok. Y a día de hoy, el Gobierno español no ha hecho nada. NADA. Ni se han molestado en llamarlos por teléfono para comprobar si siguen allí o han salido del país. A comparación con los otros compañeros de viaje de mis familiares, a los franceses el gobierno francés les puso aviones para salir de Japón, y el gobierno alemán les da dinero y todo lo que necesiten. Los españoles no reciben... NADA.
Vergonzoso. Y dicen que ponen todos los medios... Eso es mentira. El consulado sólo y únicamente debe existir para cortar jamón y dar vino cuando les visita el Rey, porque en esta ocasión no han movido ni un sólo dedo. Me indigna tremendamente y sí, en esta ocasión duele mucho más porque lo ha vivido en primera persona personas que quiero, mi familia.
Basta de mentiras. No os creáis lo que diga el Gobierno y las ayudas a los españoles, porque no es verdad.
Pd. Inmejorable el servicio de las redes sociales. Yo he estado al tanto cada minuto, cada segundo de todo lo que ocurría gracias a que se comunicaban a través del móvil por Facebook, incluso por Google y la aplicación que sacó para buscar a personas desaparecidas en el terremoto. Eché de menos una aplicación como esa de nuestro país, para buscar a los nuestros. Y no lo había. Lamentable.
Porque tengo el corazón loco y dividido. Mi corazón es marinero, tiene amores encendidos en cada mar, en cada puerto. Amores tranquilos, pasionales, de esos que te hacen sentir viva y se aman a todos por igual. No podría vivir sin ellos, mucho menos decidirme por unos o por otros. Así tengo el corazón, partido entre Norte y Sur. Si me diesen a elegir, ni el rey Salomón daría con la solución.
Parte del Sur corre entre mis venas, la que irriga mi cuerpo haciéndome cálida, pasional, más sentimiental que racional. El sur es una filosofía, un sentimiento. Una forma de entender la vida y la muerte. El sur es corazón más que cabeza. Intuición más que razón. Arte más que ciencia. Pasión más que reflexión. El sur es un patio con pozo y con macetas, un balcón chorreado de geranios, un pueblo blanco, una calle estrecha, una mujer con hechuras y honduras. Es un olor a pan caliente, a azahar y a jazmines...
Ése es mi Sur. Dicen que es la España de pan, fiesta y pandereta. Yo sonrío y, con pícara guasa (que sorna con gusto no pica...) cojo las bombas que tiraban los fanfarrones y con ellas me hago los tirabuzones.
No, no estoy fumada y tampoco he visto un dragón en los pasillos, pero viendo lo visto, es lo que me falta por ver.
Mi mañana empezó rutinaria, tranquila y alegre, como siempre, hasta que:
-Una convención de hadas madrinas y magos se cruza por mi camino.
-Una junta extraordinaria de príncipes azules y princesas de cuento.
-Un Caballero de la Tabla Redonda aparece en el despacho hecho un mar de lágrimas con Excalibur en una mano y en la otra un guante-teta-de-vaca-con-cinco-pezones rellena de dos cubitos de hielo como remedio casero para un dedo hinchado tras el ataque de Spiderman.
-Pitufina zascandileando sigilosa en búsqueda de la cámara digital perdida.
-Un fornido moreno de 1'85 cm, complexión atlética, ojos rasgados, de "toma pan y moja" y músico entrando al acecho frente a mi mesa, no para proponerme indecentemente que sea su guitarra y me deje afinar, no, hoy no. No porque no me dejo afinar por un fornido moreno atlético vestido de bebé enfundado en traje rosa chicle, con chichonera en la cabeza y pantalones cortos enseñando melenas al viento y calcentines, que, gracias a Dios, eran negros y no blancos. La conversación ha sido muy surrealista: él balbuceando y yo, desternillada sobre la mesa. Un auténtico show.
Sólo me falta encontrar una rana con pelos, una abuela que fume y un dragón en el pasillo que me diga "¡Sube chata, que te llevo!".
La primavera se atisba a corto, muy corto plazo, y con ella una mata de albahaca fresca, verde, lozana, como la reinante en mi ventana.
No es casualidad la cóncava curva dibujada en mis labios mientras la riego, pues resulta inevitable recrear la historia de la niña que riega albahaca:
"Era un sastre que tenía tres hijas y en el balcón de la casa había una mata de albahaca que era regada cada día por ellas.
Un día salió a regar la mata de albahaca la hija mayor. Y cuando estaba regándola, pasó por allí el hijo del rey y le dijo:
-Niña que riega la albahaca, ¿cuántas hojitas tiene la mata?
Y como no supo responder se fue el hijo del rey para su palacio.
Al día siguiente pasó otra vez el hijo del rey por la casa y salió la hermana segunda a regar la albahaca, y él le hizo la misma pregunta:
-Niña que riega la albahaca, ¿cuántas hojitas tiene la mata?
Tampoco supo responder y el hijo del rey se fue para su palacio.
El tercer día, cuando volvió el hijo del rey a pasar por la casa, la hermana menor pasó a regar la albahaca, y él le hizo la misma pregunta que a las otras:
-Niña que riega la albahaca, ¿cuántas hojitas tiene la mata?
Y ella le respondió:
-Caballero zaragotero, ¿cuántas estrellitas tiene el cielo?
Y como el hijo del rey no supo responder a esta pregunta, se fue a su palacio muy avergonzado y pensó "Esto no quedará así y me la pagará".
Avergonzado, el hijo del rey al ver que no había podido responder a la pregunta de la hermana menor, se disfrazó de encajero y salió a vender encajes a todas partes. Llegó a la casa en donde vivían las tres hermanas y salieron a ver qué vendía. Cuando la hermana menor escogió por fin una puntilla, le dijo al encajero:
-¿Cuánto quiere usted por esta puntilla?
Y él le dijo:
-Por esta puntilla un beso.
Ella, sin pensarlo dos veces y ante tan preciosa puntilla, le besó.
Al día siguiente el hijo del rey volvió como antes a la casa de las tres hermanas. Como sucedía habitualmente, salieron la hermana mayor y mediana sin darle respuesta, hasta que la menor apareció en el balcón:
-Niña que riega la albahaca, ¿cuántas hojitas tiene la mata?
Ella respondió como la primera vez:
-Caballero zaragotero, ¿cuántas estrellitas tiene el cielo?
El príncipe, muy avispado contestó:
-Y el beso del encajero, ¿estuvo malo o estuvo bueno?
La niña, avergonzada, sin saber qué responder, se metió en la casa. Enfadada y deseosa de vengar la jugarreta que le hizo, pensó: "Esto no puede quedar así, me las pagará".
Al cabo de los días el hijo del rey cayó enfermo y no había médico que lo pudiera curar. La niña se enteró de la noticia y sin titubear, se disfrazó de médico y marchó a palacio. Al presentarse frente al rey, le dijo:
-Yo vengo, señor rey, a curar a su hijo.
La dejaron entrar y consultó con los otros médicos, y contundente aseveró:
-Para que sane el príncipe hay que meterle un nabo en el culo.
Con que bueno, el falso médico invitó al príncipe a bajarse los calzones y a colocarse en postura cuadrúpeda dejando en pompa el lugar donde la espalda pierde su buen nombre. Cogió un nabo en una mano y un mazo en la otra y... ¡Zas! Entre sollozos y alaridos principescos, el nabo encajó en el culo a la perfección.
A los dos días, un curado príncipe, volvió a la casa de la mata de albahaca con sus preguntas a las tres hermanas, cuando llegó el turno a la pequeña, preguntó:
-Niña que riega la albahaca, ¿cuántas hojitas tiene la mata?
Y ella le respondió como antes:
-Caballero zaragotero, ¿cuántas estrellitas tiene el cielo?
El hijo del rey creyó que iba a salirse con la suya como antes y le preguntó:
-Y el beso del encajero, ¿estuvo malo o estuvo bueno?
Pero se engañó el hijo del rey, porque apenas había preguntado eso de antes, cuando ella le preguntó:
-Y el nabo por el culo, ¿estaba blando o estaba duro?
Entonces, el príncipe comprendió que ella había sido la que le había metido el nabo por el culo y que estaba completamente enamorado de ella. Le propuso matrimonio y como ella también lo estaba de él, se casaron y pasaron muchos años descubriendo cuántas hojitas tenía la mata y cuántas estrellitas había en el cielo."
No creo en joyas, ni que los diamantes duren para siempre.
Tampoco en poemas de Bécquer ni en mundos de fantasía.
Ni en los amantes de Teruel.
Creoen el silencio de las miradas, esas de mirar diciendo todo.
Creo en un "post it" en la nevera, en el espejo del cuarto de baño, un mensajito en el móvil con un "Te quiero", "Son las 7:30 y estás dormida. En cinco minutos salgo a trabajar y yate echo de menos".
En los pequeños gestos que avivan día a día la pasión, el amor, el cariño.
En la sencillez de las pequeñas cosas cotidianas... Que hacen que la vida y el amor merecan la pena.
(La carta es real, la autora de este blog toma la licencia de alterar los nombres de los personajes y lugares por otros ficticios.)
Un par de gaviotas zigzaguean juguetonas cerca del faro, queriendo acaparar mi atención, desafortunadamente hoy no lo consiguen. Sentada en el rompeolas, mis pies mojados por la espuma del mar se entretienen en acariciar las piedras y dejar la mente en blanco. O no. Hay algo junto a mí que no me deja. Una caja y un sobre con mi nombre manuscrito: "Pandora". Lo miro una y otra vez preguntándome "¿lo abro o no lo abro?". Una parte de mí está impaciente y deseosa por saber qué contienen ambos. Por otra, algo me dice que me contenga, tome mi tiempo y tranquilidad, aún sabiendo quién los remitía. La curiosidad (una vez más) me puede, tal vez sea porque soy un gato al que un día la curiosidad acabará con él. Sin embargo, la curiosidad nunca contó con toparse con un gato de más de siete vidas. Abrí la caja y dentro de ella, una Matriuska. Sorpresa extraña. Abro el sobre y en ella, una carta. La letra me resultaba muy familiar...
"Querida Pandora:
En uno de mis últimos viajes encontré algo que me recordó a tí. Como ya la habrás visto (tu curiosidad y sed de saber siempre te pudo), imaginarás que fue a Rusia. La ví y tuve la necesidad de tenerla. Era tan hermosa, tan mayestática que me dejó obnubilado. Más admirado me quedé cuando la abrí y descubrí que albergaba otra más pequeña, y ésta a su vez a otra y otra y otra, hasta llegar a una muy chiquitina. La única diferencia era el tamaño, ¡eran tan parecidas! Sin embargo, observé que todas ellas tenían en común una cosa: sus ojos. Eran tan brillantes, vivaces y alegres, que me recordaron a tí... Cuando abrí tu caja, que no es más que tú y tu esencia, pensaba que destaparía la caja de los truenos (ante una gran Matriuska hierática ¿qué podía esperar?), mas mi curiosidad y arrojo nunca fueron impedimento para conseguir lo que quería. Abrí la primera muñeca y descubrí otra más humana, y dentro de ésta otra mucho más interesante, con pequeños detalles que no debía dejar escapar, y así destapé una tras otra hasta llegar a la más pequeña, a la más dulce de todas. Como tú. Entonces entendí que mi incipiente ignorancia no me dejaba ver más allá de lo que imaginaba que contendrías, truenos, y que mi valentía, mi paciencia, mi deseo y mi ilusión hicieron ver que contenías algo muy chiquitito, delicado, dulce...
Pandora, mi pequeña, mi niña, mi mujer. Siempre lo fuiste y aunque llevemos distintos caminos y jamás nos volvamos a encontrar, lo serás. ¿Ves? Como la Matriuska mayor y la matriuska menor. Siempre me mantuviste en vilo al no saber qué mujer (matriuska) me encontraría y no me arrepiento (ni se arrepentirá el hombre que ocupe nuevamente tu corazón, pues será el hombre más afortunado que pueda existir), porque cada una de ellas es más increíble y asombrosa que la anterior... Pero todas ellas tenían en común una cosa: tu dulce mirada. Y tu sonrisa. La mejor recompensa que pude tener al aventurarme en conocerte.
Aunque haya pasado el tiempo y nos hayamos olvidado, estás ahí, apareces de vez en cuando y te veo a mi lado. Quizás no te ocurra igual, pero si alguna vez me necesitas (sé que no será así y ese hombre afortunado te colma de todo lo que mereces), siéntate en un lugar tranquilo, la brisa me llevará allá dónde estés y allí estaré, contigo, acurrucándote entre mis brazos acariciando tus negros cabellos, cuidando de tí.
Pandora...
Siempre tuyo
Corto Maltés." Miré las muñecas y pensé en lo perspicaz e inteligente que es Corto, aunque haya pasado el tiempo y los sentimientos hayan cambiado, me seguía confundiendo haciéndome creer que él me conocía mucho mejor que yo a mí misma. Incluso que era la única persona que me conocía realmente. Suspiré. Cerré los ojos y la brisa cálida comenzó a acariciar mi rostro con suavidad, sentí cómo me alzó con un dedo el mentón y acercándose a la comisura de mis labios susurró: "Chiquitina, no cambies". Sonreí. Sonreí y el impulso de contestarle fue inmediato... E imposible, hace años que no sé a qué dirección remitirla, porque ya no existe. Corto: donde quiera que estés, quiero que sepas que ya no lloro al escuchar la canción que tararea(ba)s a escondidas. La disfruto con alegría contenida y un pellizquito amargo. Con cariño. Tal y como me enseñaste que debía vivir la nostalgia.
...Esta carta me recordó a nuestra despedida, en aquel puerto y ese barco a punto de partir... "- ¡Vaya! ¡Qué guapa! No sé por qué me recuerdas a un tango de Arola que escuché en el cabaret de la Parda Flora en Buenos Aires... - A lo mejor me parezco a alguna que había allí... -¡No! Precisamente porque no te pareces a ninguna, me gustaría encontrarte siempre... en cualquier lugar.
Corto mira, en silencio. Pandora mira, en silencio. -¡No iré contigo, Corto Maltés! - Lo sé.
El Corto se quita un collar de flores que lleva al cuello y se lo coloca. -Adiós, Pandora."
(Esté último diálogo pertenece al final de "Balada de Mar Salado", del cómic "Corto Maltés" de Hugo Pratt.)
Las mujeres de los políticos belgas han decidido poner en práctica una curiosa y nada nueva forma de protesta: una huelga de sexo para conseguir que los partidos políticos belgas (flamencos y valones), los partidos de sus amantes esposos lleguen a un acuerdo después de las elecciones electorales de junio pasado.
Como en la obra de Aristófanes, deciden tener a los machos "a pan y agua", para que sus sangres suban a sus cerebros y no se quede estancada en sus penes. Grandiosa idea. Grandiosa y nada moderna, entre la guerra del Peloponeso entre atenienses y espartanos y la irreconciliación belga valones VS flamencos distan algo más de dos siglos, ambas comparten la misma idea y solución: chantaje sexual. ¿Chantaje sexual? Tal vez pueda entenderse como tal, como también puede entenderse el poder de la mujer en el sexo. ¿Será que mujeres y hombres no hemos evolucionado? ¿O que por más que pasen siglos aún seguimos siendo iguales?
La respuesta quizás esté no en el viento, como en la canción de Bob Dylan, está en el dicho "detrás de un hombre siempre hay una gran mujer". Las mujeres aún en la sombra, somos las importantes.
Mi suerte es, que en esta vida, en esta reencarnación, me toca serlo y, aunque sea del sexo nada débil, ni fuerte, simplemente femenino, me gustan las benditas diferencias sexuales entre hombres y mujeres, porque si no, la vida, el sexo, no tendría gracia... Aunque alguna que otra "lisistración" viene bien. La prohibición hace una reconciliación "cogida con más ganas" (y un "pacto de Estado" pacífico).
Moraleja: "Hacer el amor y no la guerra", y si no se puede o quiere, a practicar el amor propio, que no existe nadie que nos ame ni nos conozca mejor que nosotros mismos.
Suena suave la melodía cadenciosa como caricia para los oídos y tímida de mí, me dejo seducir por el son provocador, caliente y seductor, incesante en su deseo de arrastrarme a experimentar los placeres del vaivén en mis curvas. Mis manos, no son manos, se convierten en alas, paradoja celestial comparada con el calor infernal de mi piel, del balanceo de mis pechos, del coqueteo de mis hombros, del ritmo desenfrenado y circular de mis caderas, del fuego de mi mirada, de mi sonrisa pícara. Una vez más, se sale con la suya: dejo de ser mi rol para ser una mujer, una mujer sensual, libre, carnal, poderosa, consciente de todos sus encantos y sus placeres.
Bailar es algo orgásmico, mágico, erótico. Sola o en compañía, pero siempre con mucha confianza en mí, porque me da terrible vergüenza hacerlo con alguien desconocido. Es como hacer el amor: hay que hacerlo con mucho cariño, muy despacito, con mucho tacto y cada vez será diferente, siempre será la primera.
Hoy he vuelto a bailar bembé, y vuelvo a mí, a la mujer que soy e irremediablemente aparece esta canción, por su melodía y por su letra más verdadera que el respirar, como me dijo alguien una vez: soy la que baila bembé y todos y cada uno de los versos de esta canción, "Ella baila bembé" de Amparanoia, y especialmente los siguientes, dedicados por esta persona en aquella tarde de baile, descalzos en la hierba, me describe tal y como soy:
"¿Y quién es ella? Pregunta por ahí, cuenta la leyenda de aquél que no puede resistir su encanto, por la acera al caminar, chicha por delante y chicha por detrás, marcando el paso al ritmo de la vida, sus ojos negros ni un detalle descuidan, sabe que en la jungla no se puede despistar, se puede hablar pero nunca confiar, clara como el agua le gustan las cosas, con la mirada para delante, siempre orgullosa, a veces tranqui, a veces peligrosa, pica como una abeja, vuela como una mariposa..."
...Gracias. Por hacer que vuelva la mujer que soy.
Un poco más jóvenes y con un futuro creado de ilusiones expectante por comérnoslo. Así nos recuerdo, felices. Todos los días eran una aventura nueva y cualquier chorrada era motivo de risa, nos reíamos hasta de nuestra sombra y no había nada ni nadie que nos pudiese parar los pies... Éramos geniales. O "genitales". Según el día.
Nuestras confidencias en los pasillos y en los pupitres de la Universidad eran un hecho, más de uno y de una nos envidiaban, que se fastidien; eso que no nos veían fuera de clase, si viesen lo que hacíamos fuera de clase, se hubiesen tirado de los pelos hasta quedarse calvos/as e irían rayando el suelo con los dientes...
Ay. Eso es lo que pasa cuando oigo esta canción: el hombre lobo y la mujer pantera. Qué fábula. Quizás sea la luna llena, o que forma parte de nuestra banda sonora y enloquecíamos cuando la oíamos... Seguro que hoy sería diferente, quizás algo más pausado el efecto... O no. Quién sabe cómo reaccionemos cuando nos volvamos a encontrar, rejuveneceremos a los veintitantos años y volveremos a bailar y brincar desmelenadas...
¡Chicas, os quiero! Por cierto, ¿se podría considerar reflejo condicionado de Pavlov el hecho de recordar esta canción al ver una tapa de calamares? (No vale invocar al espíritu de Ramón H., ni del abuelo Simpson ni de Mariluz "whatdoyouwannado").
Maestra de nada y aprendiz de todo. Una mujer tranquila con alma inquieta de nueve musas, sensible al discreto en encanto del lado oculto de la luna.
A veces callada y pensativa, otras risueña y soñadora, siempre con algo que contar.