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sábado, 22 de octubre de 2011

Leonard

Cyrano de "otro". La voz a mí debida. Das en el talón de Aquiles. Será quien te parafrasee, sin ninguna duda. Así es. Amén. Aleluya.







viernes, 7 de octubre de 2011

El hombre de la manzana

"Tu tiempo es limitado, de modo que no malgastes viviendo la vida de alguien distinto. No quedes atrapado en el dogma, que es vivir como otros piensan que deberías vivir. No dejes que los ruidos de las opiniones de los demás acallen tu propia voz interior. Y, lo que es más importante, ten el coraje para hacer lo que te dicen tu corazón y tu intuición. Ellos ya saben de algún modo en qué quieres convertirte realmente. Todo lo demás es secundario"  
                                                                 Steve Jobs.

jueves, 20 de enero de 2011

Madame Butterfly

La ópera es uno de los géneros más sublimes para sentir, para empatizar con los personajes adentrándote bajo su piel, aún estando en el patio de butacas, vibrando emociones contenidas e incontenibles. Así ocurrió cuando ví por primera vez "Madame Butterfly". La historia es un gran drama: Pinkerto, un teniente de la armada americana, queda encaprichado de Madame Butterfly consiguiendo casarse con ella hasta que pueda hacerlo con una "verdadera" esposa, una americana. Butterfly, la ingenua geisha está totalmente enamorada de él, hasta tal punto que sacrifica su religión convirtiéndose al cristianismo; Pinkerton, sin embargo, acogiéndose a las leyes japonesas, se casará con ella bajo contrato de 999 años, pudiendo romper el contrato y abandonar a su esposa en cualquier momento. Al cabo de los tres años, Butterfly (y su hijo, fruto de la relación con Pinkerton) espera ansiosa el regreso de su esposo, de quien apenas tiene noticias por todo este tiempo. Inesperadamente, sus deseos se hacen realidad y él vuelve... Acompañado de su esposa americana y dispuesto a llevarse al niño. Butterfly, desolada, repudiada por los suyos, abandonada y rota, actuó tal como mandan los designios: "Que muera con honr quien ya no pueda vivir con honor", haciéndose el harakiri, con los gritos de Pinkerton llamándola de fondo.
Una tragedia en mayúsculas, adornada con música y voces insuperables, viviendo esos momentos con el estómago encogido y el corazón golpeando en el pecho queriendo salir... Siendo unas lágrimas, imparables, las que se liberan.

La trama se desarrolla en Nagasaki, Japón, lugar con una cultura que siempre me ha atraído por su aparente delicadeza que celosamente guarda una fuerza y sabiduría arrolladora. Como la floración de la sakura (flor del cerezo). Como una ceremonia del té. Como una geisha. Las geishas, esas mujeres dedicadas al estudio de diversas artes para "entretener" al hombre, son erróneamente confundidas con prostitutas. Ellas no lo son. Se originaron como profesionales del entretenimiento; inicialmente la mayoría eran hombre. Mientras las cortesanas profesionales brindaban entretenimiento sexual, las geishas usaban sus habiloidades en distintas artes japonesas, música, baile y narración. Esta delicadeza y sensibilidad que concede la dedicación y difusión artística, se vuelve más notable al ver su estilo al maquillarse, de vestirse y de caminar. Parecen muñequitas que se romperán si se les trata con rudeza.

Siempre me han fascinado estas mujeres. Quizás porque de pequeña me llamaban "muñequita de porcelana" y decían que tenía pies de japonesita, o por mi delicadeza y una marcada sensibilidad hacia los pequeños detalles y todo aquellos aparentemente nimio, aquellas cosas escondidas llenas de gran belleza y esencia. O porque hay una geisha escondida en mí. Me encojo de hombros porque desconozco el motivo de este encanto nipón. Lo que sí sé, es el deseo de una bata, un kimono de seda con flores bordadas. Me encanta. Me subliman. Me enamoran. Porque son suaves, delicados y sensuales, para sentirlos en la piel como una caricia y, porque su forma recuerda a una mariposa.



miércoles, 8 de diciembre de 2010

Imagina...

(...Que fuese un 8 de diciembre cualquiera. Que no hubiese que recordar un día como hoy. Que no se cumpliese 30 años de cinco fatídicos disparos por la espalda.)

John había pasado cinco años sin grabar ningún disco y en octubre de 1980 reapareció con un trabajo nuevo, "Double fantasy", cuyo LP "Just starting over" ("(Cómo) Empezar de nuevo") cayó como agua de mayo mostrando el Lennon más vivo y esperanzador de todos los tiempos. En diciembre se encontraba haciendo todo tipo de entrevistas, reportajes y fotografías para el lanzamiento del disco, y ese 8 de diciembre realizaba una sesión fotográfica en su apartamento en el Edificio Dakota con Annie Leibowitz para la revista "Rolling Stone", de esas fotografías la más famosa y conocida es la que aparece con Yoko, ella vestida con un jersey negro de cuello vuelto y él, desnudo, en posición fetal.




Tras la sesión, John y Yoko se dirigen a los estudios de grabación para realizar nuevas canciones para el próximo disco y a la salida, firma ejemplares de "Double fantasy" a unos fans que le esperan en la puerta. Cogen una limusina de vuelta al apartamento. John sale de ella y... Cinco ruidos atronadores, secos y fulminantes hicieron eco en su cuerpo.


Treinta años después, John recuerda este momento como una anécdota, como el día de su "renacimiento", aunque a veces se aqueja de la secuela que le dejó en el hombro izquierdo. Calvo, y con sus sempiternas gafas (hace diez años que se operó de miopía, pero sigue usándolas) vive feliz junto a Yoko en una casita de campo inglesa, apartado de la vida tan ajetreada de Nueva York desde el accidente en el Edificio Dakota, ciudad a la que viajan de vez en cuando para inaugurar exposiciones de su amada japonesa. Con setenta años ha vivido a su manera con esa máxima vitalista, humanista y pacifista "gustándole tal y como era, sin querer ofender a nadie", en continua "lucha" contra la violencia y abanderando el sueño de volver a creer en los hombres, tomar conciencia de la unión y fuerza humana y la fe en las personas (¿recordáis aquellas palabras tras la caída del muro de Berlín en el 89?), viviendo los proféticos versos de "Imagine" como una realidad.

Actualmente, vive la senectud junto a su amor, como él deseaba, gracias, en parte, a aquella canción que sonaba en diciembre de 1980, aquella que le cantaba a Yoko "cómo empezar de nuevo"...

Pd. Gracias John. Con esta canción "imagino" envejecer en una casita de campo, estar sentada en una mecedora en el porche, coger de la mano a mi marido, mirarle a los ojos escuchando de fondo las risas de nuestros nietos y ser feliz por todo el tiempo vivido juntos. Gracias por ponerle música a este sueño (quizás, un día, hecho realidad).



viernes, 8 de octubre de 2010

Heptagenario



Setenta velas soplaría si bajase de donde quiera estar. Seguro que volvería a hacerse esta foto, en la misma postura, fetal, aunque un poco más canoso él y con el pelo más corto y algunas arrugas ella.


Me gustan más estos aniversarios, recordar a alguien el día que nació, no el que murió.


Felicidades John. Y gracias.




martes, 25 de mayo de 2010

La Reina Virgen

La vida de esta mujer no fue nada fácil, ya desde su más tierna infancia se intuía la azarosa andanza de esta férrea fémina. Nació como princesa hasta los tres años de edad, momento en el que se realizó la ejecución de su madre, Ana Bolena, por decreto de su padre, el rey Enrique VIII, por no darle un hijo varón, acusada por alta traición y brujería. Desde entonces, la niña Isabel perdió su condición de princesa heredera y fue considerada hija ilegítima del rey, viviendo alejada de la corte, de su progenitor y de sus siguientes esposas, hasta que la última de ellas, Catalina Parr, medió entre padre e hija para que la reconciliación entre ellos fuese un hecho. Así, Isabel, al igual que su hermana María Tudor, hija de Catalina de Aragón, recobró sus derechos dinásticos en 1544. No sólo gracias a la ayuda de su madrastra consiguió su derecho al trono, sino que tras la muerte de Enrique VIII se encargó de la educación de la joven princesa propiciando e inculcándole conocimientos en inglés, francés, italiano, español, griego, latín y formación como protestante, convirtiéndose en una mujer culta y fantásticamente formada.

Tras la muerte de su hermano Eduardo, de quince años de edad, Isabel y María Tudor rivalizaron por el trono de Inglaterra, María se casó con el futuro rey Felipe II de España, algo no bien recibido por el pueblo y, ésta, temerosa de una rebelión popular que reclamase a Isabel como reina, decidió encerrarla en la Torre de Londres como prisionera, donde los españoles deberían ejecutarla, algo que no se llevó a cabo debido a la resistencia de los ingleses. Tras dos meses recluida, Isabel fue liberada y, con el falso rumor de que María se encontraba embarazada, volvió a la corte, ya que Felipe II temía que su esposa muriese en el parto y prefirió que el trono fuese para la hermana de su esposa. Tras la muerte de María Tudor, Isabel se coronó a los 25 años como reina de Inglaterra, reinado que duró hasta su muerte (a los 69 años de edad por causas naturales), repleto de traiciones, mentiras y conspiraciones de las que salió indemne y castigó duramente tal y como le dictaban los genes de su padre.

Y es que Isabel era muy tozuda, férrea en la defensa de sus ideas, carismática, prudente, de fuerte personalidad y enamoradiza. Isabel rechazó a Felipe II para contraer nupcias, se dice que los hombres poco le atraían y murió virgen, pero hubo uno que fue algo más que un amigo y confidente, fue su amante, el Conde de Essex, a quien condenó por traición tras el triunfo de sus naves contra la Armada Invencible.

Victoriosa en las batallas, en política de expansión marítima, y en la reafirmación del protestantismo, así fue Isabel I de Inglaterra, la reina virgen, una mujer valiente, ambiciosa e inteligente que se hizo valer y respetar en un mundo de hombres, la que encumbró a Inglaterra como potencia mundial pero no supo (o pudo) encumbrarse como mujer.