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martes, 14 de diciembre de 2010

Abejas y azucarillos





LA VIDA DE LAS ABEJAS


"Ella robaba azucarillos en las cafeterías y salía radiante poniéndose el azúcar en la lengua para que yo acudiera a besarla." (J. Marín Ceballos)


Inevitablemente viene a mi memoria aquella canción de Claudine Longet, "Sugar me", una voz dulce y sugerente, para mojar los labios en azúcar.  

Porque, ¿acaso hay algo mejor para endulzar y que te endulcen? Con un cuento así... 

Robaré azucarillos, mojaré mis labios y lengua (sólo la puntita ¿eh?) a ver qué pasa.



sábado, 25 de septiembre de 2010

Cordornices en pétalos de rosa


Es un secreto a voces mi fascinación por el mundo gastronómico, más que por saber combinar sabores, texturas y olores, por las sensaciones y emociones que provoca la acción y las reacciones posteriores, porque cocinar, es algo más que preparar de tal manera "x" alimentos para facilitar la asimilación de nutrientes en nuestro cuerpo, es todo un acto de amor en el que tanto como quien cocina y quien degustan ponen los cinco sentidos y una pizca de sentimiento (de ahí el dicho que el gran ingrediente es el cariño que se pone): uno para dar lo mejor de sí mismo transformado en vianda y el otro para recibirlo con agradecimiento. El mejor momento es el primer bocado: una alfombra roja de aromas anteceden a su llegada esperada y ahí está, tan jugoso y apetecible, la obra efímera regalada será tomada por su dueño y la mirada expectante no será suya, sino de quien se entrega cocinando esperando una reacción, un gesto... Y el extásis se hizo. La comunión gastro-erótico-sensual en el que un simple gemido, un "mmmmmmm" o un "ooooohhhh" dan el visto bueno a la obra-entrega y la cara de satisfacción de ambos denotan la exquisitez y el éxito del plato... Cocinar es eso, es algo más que la alquimia de mezclar alimentos y transformalos en plato, es muy sensual, digamos que es como hacer el amor, cuyo momento cumbre es el "orgasmo" que siente el otro en el primer bocado.


Me encanta cocinar, disfruto mucho haciéndolo y me gusta ver, sentir si lo que cocino gusta o no. Algo así le ocurría a Tita, la protagonista de "Como agua para chocolate" de Laura Esquivel, pequeña joya del realismo mágico que tanto se da en la literatura latinoamericana, donde se combinan a la perfección lo sobrenatural con lo mundano, desgranando la relación de Tita con/para la comida, cómo la utiliza como instrumento de expresión con los demás, y en especial, con Pedro, con quien mantiene una historia de amor imposible. Primero leí el libro, me resultó delicioso, y después ví la película, fiel al libro, y en ambas, la parte que más me gusta, es la receta de "Codornices en pétalos de rosa", metáfora perfecta de lo que significa cocinar:


"CODORNICES EN PÉTALOS DE ROSA


INGREDIENTES:

  • 12 rosas (rojas, si es posible)
  • 12 castañas
  • 2 cucharadas de mantequilla
  • 2 cucharadas de fécula de maíz
  • 2 gotas de esencia de rosas
  • 2 cucharadas de anís
  • 2 cucharadas de miel
  • 2 ajos
  • 6 codornices
  • 1 pithaya

    PREPARACIÓN:

    Con cuidado, separar los pétalos de rosas, tratando de no pincharse los dedos, porque: a) es doloroso y b) si los pétalos se impregnan de sangre, alteran el sabor del plato y puede provocar reacciones químicas peligrosas.

    Pero Tita, con la profunda emoción de haber recibido un ramo de rosas de Pedro, no recordó ese pequeño detalle. Ésta era la primera emoción profunda que sentía desde el día de la boda de su hermana, cuando Pedro le dijo que la amaba. Mamá Elena sospechaba lo que podría pasar si Pedro y Tita tenían oportunidad de estar solos. Hasta ahora, Mamá Elena se había ingeniado formas de mantenerlos a distancia. Entre todas las mujeres de la casa, Tita era muy capaz de tomar la vacante de cocinera, y de la cocina escapaban los sabores, los olores, las texturas y lo que éstas pudieran provocar.

    Tita era el último eslabón de una cadena de cocineras que sabían los secretos de la cocina, la mejor exponente de este maravilloso arte culinario. Por lo tanto, Tita fue nombrada cocinera oficial del rancho; esta noticia fue bien recibida por todos. Tita aceptó el cargo con agrado, pero sentía la ausencia de Nacha.

    Tita se sentía muy deprimida porque, con la muerte de Nacha, Tita se encontraba muy sola. Como si hubiera muerto su propia madre. Pedro, tratando de levantar su espíritu, le llevó un ramo de rosas al cumplir su primer aniversario como cocinera del rancho. Pero Rosaura que esperaba su primer bebé, cuando vió que Pedro le dió las rosas a Tita y no a ella, Rosaura se marchó de la sala llorando.

    Con una mirada, Mamá Elena ordenó a Tita que salga de la sala y que se libre de las rosas. Mamá Elena, con otra mirada a Pedro, le dió a entender que él podía remediar la situación. Pedro, pidiendo disculpas, salió en busca de Rosaura. Las rosas eran de color rosado, pero Tita las apretó con tanta fuerza, que las sangre de sus manos y su pecho las pintó de rojo. ¡Estaban tan hermosas! No era posible tirarlas a la basura por dos motivos. Primero, porque nunca había recibido flores; segundo, porque Pedro le había dado las flores. De pronto, escuchó la voz de Nacha, quien le dictaba al oído una receta prehispánica donde se utilizaban pétalos de rosa. Tita no recordaba la receta porque para hacerla se necesitaban faisanes, y en el rancho no había esa clase de ave.

    Lo único que tenía en ese momento eran codornices. Tita cambió un poco la receta; lo importante era usar las flores.

    Con eso en mente, salió al patio a perseguir codornices. Atrapó seis, las llevó a la cocina y las mató. Esto no fue fácil porque Tita las había cuidado y alimentado.

    Tita respiró hondo, agarró a la primera ave y le retorció el pescuezo como hacía Nacha. Pero Tita hizo esto con poca fuerza y la pobre codorniz no murió, sino que se fue quejando por toda la cocina con la cabeza colgando de lado. Tita comprendió que no podía ser débil: esto o había que hacerlo con firmeza o causaba gran dolor a las codornices. Tita pensó en la fuerza de Mamá Elena, la cual mataba sin piedad. La boda de Pedro con Rosaura había dejado a Tita como a esta codorniz, con la cabeza y el alma fracturada. Para que no sufra más, y en un acto de piedad terminó de matarla. Fue más fácil con las otras. Tita se imaginaba que cada ave tenía un huevo tibio en el buche y que ella piadosamente las liberaba de ese martirio con darles un buen golpe. Cuando era niña, era obligatorio desayunar con un huevo tibio, cosa que Tita odiaba.

    Tita realizaba todas las tareas en la cocina como las realizaba Nacha: desplumaba las aves en seco, le sacaba las vísceras y las freía.


    Después de desplumarlas y vaciarlas, se les atan las patas a cada una para que mantengan esa posición mientras se doran en la mantequilla, con sal y pimienta a gusto.

    Es importante desplumarlas en seco, porque sumergirlas en agua hirviendo cambia el sabor de la carne. Éste es uno de los muchos secretos de la cocina que sólo se adquieren con la práctica. Rosaura no había querido participar en las actividades culinarias desde que se quemó las manos en el comal, por eso ella ignoraba éste y muchos otros conocimientos gastronómicos. Sin embargo, no se saber por qué, pero Rosaura intentó cocinar en una ocasión. Cuando Tita amablemente quiso darle consejos, Rosaura se enfadó y le pidió que la dejara sola en la cocina.

    Obviamente el arroz se pegó, la carne estaba salada, y el postre se quemó. Nadie en la mesa se atrevió a mostrar ningún gesto desagradable, pues Mamá Elena había comentado:

    -Es la primera vez que Rosaura cocina y opino que no lo hizo tan mal. ¿Qué opina usted, Pedro?
    Pedro no quiso ofender a su esposa y respondió:

    -No, para ser la primera vez no está tan mal.

    Por supuesto, esa tarde toda la familia se enfermó del estómago.


    Fue una verdadera tragedia, claro que no tanta como la que se alzó en el rancho ese día. La fusión de la sangre de Tita con los pétalos de las rosas que Pedro le había regalado resultó ser de lo más explosiva.

    Cuando se sentaron en la mesa había un ambiente un poco tenso, pero esto no aumentó hasta que se sirvieron las codornices. Pedro, no contento con haber provocado los celos de su esposa, saboreó el primer bocado del platillo, cerró los ojos y exclamó:

    -¡Éste es un placer de los dioses!

    Mamá Elena, aunque reconoció que se trataba de un guiso verdaderamente exquisito, con fastidio respondió:

    -Tiene demasiada sal.

    Rosaura, pretextando náuseas y mareos, no pudo comer más que tres bocados. En cambio a Gertrudis algo raro le pasó.

    Parecía que el alimento le producía a Gertrudis un efecto afrodisíaco y empezó a sentir un intenso calor que le invadía las piernas. Un cosquilleo en el centro de su cuerpo no la dejaba estar correctamente sentada en la silla. Empezó a sudar y a imaginar que se sentiría sentada a lomo de un caballo, abrazada por un villista que ella había visto en la plaza del pueblo, oliendo a sudor, a tierra a vida y a muerte. Gertrudis iba al mercado con Chencha, la sirvienta, cuando lo vió entrar por la calle principal de Piedras Negras, y venía al frente de todos, como capitán de la tropa. Vió muchas noches junto al fuego, deseando la compañía de una mujer a la cual él pudiera besar, una mujer a la que pudiera abrazar, una mujer... Como ella. Sacó su pañuelo y trató de que junto con su sudor se fueran de su mente todos esos pensamientos pecaminosos.

    Pero era inútil. Algo extraño le pasaba. Trató de buscar apoyo en Tita, pero Tita estaba ausente. El cuerpo de Tita estaba correctamente sentado en la silla, pero no había ningún signo de vida en sus ojos. Tan raro este fenómeno, parecía que su ser se había disuelto en la salsa de las rosas, en el cuerpo de las codornices, en el vino y en cada uno de los olores de la comida. De esta manera Tita penetraba en el cuerpo de Pedro, voluptuosa, aromática, calurosa, completamente sensual.

    Parecía que habían descubierto un código nuevo de comunicación en el que Tita era la emisora, Pedro el receptor y Gertrudis la que sintetizaba esta relación sexual, a través de la comida.

    Pedro no se resistió, la dejó entrar hasta el último rincón de su ser sin poder quitarse la vista el uno del otro. Le dijo: "Nunca había probado algo tan exquisito, muchas gracias". "

    "Como agua para chocolate", Laura Esquivel.







  • domingo, 20 de junio de 2010

    Até logo, professor

    Querido José:

    Te has ido como viviste, respetándote a tí mismo como condición para respetar a los demás, y aunque sé que no creías en nada más que en tí, albergo que en algún rincón de algún viejo café del Chiado o en tu casita en Lanzarote seguirás escribiendo para desasosegarnos (al menos, deja que sueñe esa posibilidad...) al son de los fados que tanto amaste.

    Muito obrigada, Saramago.
    Pd. "¿Y si las historias para niños fueran de lectura obligatoria para los adultos? ¿Seríamos realmente capaces de aprender lo que, desde hace tanto tiempo venimos enseñando?" José Saramago.




    jueves, 27 de mayo de 2010

    Una caperucita políticamente correcta


    Érase una vez una señora Menestra a la que un día, aburridísima en su despacho, se le ocurrió la genial idea de hacer una revolución sin antecedentes: prohibir los cuentos tradicionales por ser marcadamente sexistas. ¡Olé ahí! Ya que crearon este ministerio para darle un despachito tendrá que "ganarse" el sueldo ¿no? Una idea tan absurda como su cartera. Yo me pregunto, ¿qué problemón tendrá esta señorita con Perrault, Andersen o Grimm? ¿La psicoanalizaron y vió el trasfondo freudiano que tienen todos los cuentos? Eso lo sabe hasta un niño de Primaria, que nada es cierto y todo es pura fantasía, porque si esta señora los toma al pie de la letra, ¿creerá que existe un Gulliver? ¿Hará lo mismo con las novelas? ¿Pensará que Gregorio Samsa realmente se convirtió en un insecto? ¿Habrá leído a Kafka? Es más... ¿lee? ¿piensa? Ay Menestra, Menestra... Seguro que nunca imaginaste un príncipe azul ni habrás jugado a ser Blancanieves o Caperucita... Y yo, me lo creo.


    Mucho antes de esta noticia, ya existían estos cuentos "políticamente correctos", realmente buenísimos pues el choque que crea con la historia ya conocida, es gracioso, esto lo practicaba Gianni Rodari ("Cuentos para jugar", "Gramática de la fantasía", "Cuentos por teléfono"), el gran maestro, pedagogo y escritor infantil, que gracias a sus juegos de ingenio y creatividad a partir de los cuentos y literatura, lo tradicional da un giro copernicano consiguiendo nuevos relatos y la participación activa de los niños en su creación. Ejercicios que potencian la imaginación, la creatividad y el raciocinio, el pensar, aquello que no conviene en estos tiempos que corren, no vaya a ser que se salga de la norma y se provoque una "Rebelión en la granja".

    Ésta es la versión políticamente correcta de "Caperucita Roja" de Perrault. A mí, me resulta desternillante, y la conocí mucho antes de que se le "ocurriese" a la señora Menestra...


    CAPERUCITA ROJA (POLÍTICAMENTE CORRECTA)

    "Érase una vez una persona de corta edad llamada Caperucita Roja que vivía con su madre en la linde de un bosque. Un día, su madre le pidió que llevase una cesta con fruta fresca y agua mineral a casa de su abuela, pero no porque lo considerara una labor propia de mujeres, atención, sino porque ello representaba un acto generoso que contribuía a afianzar la sensación de comunidad. Además, su abuela no estaba enferma; antes bien, gozaba de completa salud física y mental y era perfectamente capaz de cuidar de sí misma como persona adulta y madura que era.
    Así, Caperucita Roja cogió su cesta y emprendió el camino a través del bosque. Muchas personas creían que el bosque era un lugar siniestro y peligroso, por lo que jamás se aventuraban en él. Caperucita Roja, por el contrario, poseía la suficiente confianza en su incipiente sexualidad como para evitar verse intimidada por una imaginería tan obviamente freudiana.

    De camino a casa de su abuela, Caperucita Roja se vio abordada por un lobo que le preguntó qué llevaba en la cesta.

    -Un saludable tentempié para mi abuela quien, sin duda alguna, es perfectamente capaz de cuidar de sí misma como persona adulta y madura que es -respondió.
    -No sé si sabes, querida -dijo el lobo-, que es peligroso para una niña pequeña recorrer sola estos bosques.

    Respondió Caperucita:
    -Encuentro esa observación sexista y en extremo insultante, pero haré caso omiso de ella debido a tu tradicional condición de proscrito social y a la perspectiva existencial -en tu caso propia y globalmente válida- que la angustia que tal condición te produce te ha llevado a desarrollar. Y ahora, si me perdonas, debo continuar mi camino.

    Caperucita Roja enfiló nuevamente el sendero. Pero el lobo, liberado por su condición de segregado social de esa esclava dependencia del pensamiento lineal tan propia de Occidente, conocía una ruta más rápida para llegar a casa de la abuela. Tras irrumpir bruscamente en ella, devoró a la anciana, adoptando con ello una línea de conducta completamente válida para cualquier carnívoro. A continuación, inmune a las rígidas nociones tradicionales de lo masculino y lo femenino, se puso el camisón de la abuela y se acurrucó en el lecho.

    Caperucita Roja entró en la cabaña y dijo:
    -Abuela, te he traído algunas chucherías bajas en calorías y en sodio en reconocimiento a tu papel de sabia y generosa matriarca.
    -Acércate más, criatura, para que pueda verte -dijo suavemente el lobo desde el lecho.
    -¡Oh! -repuso Caperucita-. Había olvidado que visualmente eres tan limitada como un topo. Pero, abuela, ¡qué ojos tan grandes tienes!
    -Han visto mucho y han perdonado mucho, querida.
    -Y, abuela, ¡qué nariz tan grande tienes!... relativamente hablando, claro está, y a su modo indudablemente atractiva.
    -Ha olido mucho y ha perdonado mucho, querida.
    -Y... ¡abuela, qué dientes tan grandes tienes!

    Respondió el lobo:

    -Soy feliz de ser quién soy y lo qué soy -y, saltando de la cama, aferró a Caperucita Roja con sus garras, dispuesto a devorarla.

    Caperucita gritó; no como resultado de la aparente tendencia del lobo hacia el travestismo, sino por la deliberada invasión que había realizado de su espacio personal.

    Sus gritos llegaron a oídos de un operario de la industria maderera (o técnico en combustibles vegetales, como él mismo prefería considerarse) que pasaba por allí. Al entrar en la cabaña, advirtió el revuelo y trató de intervenir. Pero apenas había alzado su hacha cuando tanto el lobo como Caperucita Roja se detuvieron simultáneamente.

    -¿Puede saberse con exactitud qué cree usted que está haciendo? -inquirió Caperucita.

    El operario maderero parpadeó e intentó responder, pero las palabras no acudían a sus labios.
    -¡Se cree acaso que puede irrumpir aquí como un Neandertalense cualquiera y delegar su capacidad de reflexión en el arma que lleva consigo! -prosiguió Caperucita-. ¡Sexista! ¡Racista! ¿Cómo se atreve a dar por hecho que las mujeres y los lobos no son capaces de resolver sus propias diferencias sin la ayuda de un hombre?

    Al oír el apasionado discurso de Caperucita, la abuela saltó de la panza del lobo, arrebató el hacha al operario maderero y le cortó la cabeza. Concluida la odisea, Caperucita, la abuela y el lobo creyeron experimentar cierta afinidad en sus objetivos, decidieron instaurar una forma alternativa de comunidad basada en la cooperación y el respeto mutuos y, juntos, vivieron felices en los bosques para siempre."


    James Finn Garner ("Cuentos políticamente correctos")


    martes, 18 de mayo de 2010

    Pies


    A veces lo más cotidiano y desapercibido se convierte en algo que explorar. Esta ocasión, como un bebé que comienza a descubrir partes de su cuerpo, reparo en los pies. En invierno es raro poder fijarse en los de los demás, es algo que llama la atención más bien en verano. Hay un amplio repertorio de pies: los hay con perfil griego, mayéstaticos como los romanos, pequeños, enormes, adornados e incluso, desnudos. Hoy por casualidad, (h)ojeando el periódico pude encontrar este anuncio: "Cojo de pie izquierdo busca a coja de pie derecho... Para montar en bicicleta". Cuanto menos es, curioso, y muy tierno, el hecho de unirse y compartir un sueño por muy imposible que parezca, al igual que estos cojos. ¿Quién diría que un cojo pudiese montar en bici? Pues sí, es posible, con la ayuda de otro y con muchas ganas de conseguirlo, porque no hay nada imposible, sino difícil. Entonces pienso quien no se ha sentido "cojo" alguna vez y la satisfacción, el regocijo, alegría (el sentir calorcito en el pecho y el sentirse "a gustito") al encontrar a alguien que encaja, porque el largo camino que tenemos es mejor hacerlo, vivirlo y soñarlo en compañía.

    Tras leer este anuncio rápidamente recordé entre asombro y estupefacción, un relato con el que Aldo narró una noche de cuentos, una de tantas noches de miércoles universitarios y que de vez en cuando rememora en el local donde sigue contando. Se trataba de "Cosas de cojos" de Virgilio Piñera, autor cubano como él. La primera vez que lo escuché, me sorprendió. La segunda, me enamoró. Y ésta, la comparto con vosotros.


    Cosas de cojos
    "Los cojos, a pesar de su cojera, van y vienen por las calles. Hay cojos de una muleta y cojos de dos muletas, pero unos y otros apenas obtienen que el público repare distraídamente en su cojera. Podrían despertar mayor interés si se decidieran a marchar en bandadas exigiendo que se les devuelva la pierna perdida. Pero no, está visto que un cojo evita la compañía de otro cojo; no así los ciegos, que acostumbran acompañarse y meten ruido con sus bastones...
    Sin embargo, a despecho de esta soledad y recato inherentes a la cojera, no hace mucho dos cojos estuvieron a dos dedos de encontrarse.
    Uno de estos cojos (cojo de la pierta derecha) como tenía que comprar un zapato para su pierna buena, decidió apostarse -por suspuesto, con la mayor discreción- frente a una zapatería en espera de otro cojo que tuviera necesidad de un zapato para su pierna derecha.
    Su razonamiento era excelente: ¿por qué iría a comprar dos zapatos si con uno le bastaba? Supongamos que esos zapatos costaran doscientos pesos: ¿por qué perder totalmente la mitad de esa suma? No hay duda de que los ojos tienen una lógica implacable.
    Ahora bien, como la vida no es tan sencilla como parece, ocurre que ese cojo, que él aguardaba anhelosamente, había tenido su misma ocurrencia, pero, en cambio, no había escogido la misma zapatería.
    Es proverbial la tenacidad de los cojos. Pasaban los años, el feliz encuentro nunca se producía, pero no por ello cejaban en su empeño. La multitud, que sólo tiene imaginación para escenas de sangre y de horror, imaginó que estos cojos eran nada menos que espías internacionales, pero como ellos sólo miraban melancólicamente los zapatos, no creyó necesario denunciarlos a la policía.
    Sin embargo, no todo es rigor y drama en esta vida. Un buen día, dos cojas (no por avaricia, sino por malparada economía) tuvieron la misma idea que nuestros dos cojos, y quiso el azar que vinieran a postarse frente a las zapaterías donde estaban apostados desde hace años los cojos de nuestra historia.
    Estos, al principio, las miraron con manifiesta indiferencia. Si un zapato de mujer no casa con uno de hombre, ¿qué papel pintaban allí esas cojas? Porque lo cierto es que la presencia de una coja junto a un cojo tiene justificación en cualquier parte, menos en una zapatería.
    Pero la atracción de los sexos es poderosa. Un día, los cojos y las cojas acabaron por mirarse amorosamente, y apoyándose en sus muletas se estrecharon para escuchar el latido de sus corazones. Minutos después ambas parejas entraban en sus respectivas zapaterías, pues, ¿se ha visto alguna vez que un cojo y una coja marchen al altar con el zapato roto? " .


    Virgilio Piñera

    viernes, 23 de abril de 2010

    ¿Conoces el BOOK?


    Para estar a la última, hay que estar al tanto en los últimos avances tecnológicos. Desde aquí os animo a conocer y adquirir este revolucionario objeto que cambiará nuestras vidas. No os defraudará.

    Pd. Si es que los tiempos avanzan una barbaridad...